Mariana

Me pregunto que habrá sido de ella. Mariana, mi hermana.

Cada domingo íbamos a la iglesia, la tomaba del brazo mientras caminábamos detrás de padre y madre. Me gustaba juguetear a su alrededor como si ella fuera una reina que merecía ser alabada, aventaba flores imaginarias a sus pies y ella intentaba contener una risa con sus labios apretados. Sin embargo, a veces fallaba y padre la miraba de tal manera que Mariana se enderezaba y caminaba con la vista hacia enfrente. Todo estaría bien mientras padre no frunciera sus cejas, de otro modo significaba la promesa de un castigo al llegar a casa.

Mariana siempre fue una chica devota. Desde que era muy pequeña, rezaba todas las noches antes de dormir. Recuerdo que mi mamá le enseñó a rezar el Ángel de mi Guarda enfrente de la estampita pegada en la cabecera de su cama. Se hincaba en el piso, con sus manos juntas y los ojos cerrados, pedía por mi madre, por Clara y con su corazón generoso también lo hacía por padre y por mí.

Mariana era todo lo que me habría gustado ser. Se levantaba antes que todos, se estiraba, daba las gracias enfrente de la misma imagen e iba a la cocina a tomar un vaso de leche caliente, mientras miraba como la oscuridad de la noche se disolvía en el día. Quieta, tan quieta que, de no haberla visto, no sabría que estaba ahí. Al principio la miraba de lejos avergonzada de que pudiera verme, así que me escondía en la oscuridad del pasillo e intentaba no hacer ruido para no molestarla. Parecía disfrutar del silencio. En ocasiones le veía girar la cabeza en mi dirección como si supiera que me escondía, no me decía nada, sólo sonreía y regresaba la vista a la ventana. Entonces supuse me ignoraba porque sabía de mi ignominia, pero era Mariana, y casi todo lo que la rodeaba era luz.

—¿Por qué no vienes? – preguntó un día.

Supuse que me hablaba a mí. La puerta de la habitación de mis padres estaba cerrada y la respiración de Clara se escuchaba desde su cuarto. Comencé a andar por el pasillo que llevaba hacia ella. Un pasillo que siempre permanecía a oscuras porque a padre le molestaba la idea reparar unas instalaciones que parecían nunca quedar bien, un pasillo que todos en esa casa recorríamos por necesidad. Con la poca luz de la mañana, podía mirar a Mariana del otro lado, no despegaba sus ojos de mi, como si no quisiera perderme de vista.

—Acércate, estoy sola.

Me detuve en la mesa enfrente de ella, me sirvió un vaso de leche que no tocaría y me sonrío .

Mariana era amable, alegre y tenía una risa muy bonita.

Mariana era la primera en estar lista siempre que íbamos a misa, Al contrario de Clara que protestaba todos los domingos durante el desayuno. Ocasionalmente esas protestas se volvían discusiones entre padre y madre que Mariana, sin notarlo, o tal vez sí, mediaba. Yo tampoco quería ir a misa, pero a diferencia de Clara, yo no podía decir que no.

Mariana escuchaba el sermón sin expresión alguna, a veces asentía, en otras ocasiones apretaba los labios y me sonreía con sus brillantes ojos negros. Mi mamá siempre tenía un aspecto serio y duro, el ceño algo fruncido y golpeaba su pecho más fuerte de lo necesario, cuando volteaba a ver a donde yo estaba. Padre, en cambio, parecía orgulloso de estar ahí, como si fuera el momento más importante de su semana. Miraba al sacerdote con el pecho henchido, asintiendo a cada una de sus palabras, ocasionalmente se le escurría alguna lagrimilla detrás de sus lentes. Madre parecía pequeña a su lado.

Cuando todos rezaban con los ojos cerrados, me deslizaba poco a poco hasta la puerta. A veces algunos niños que querían seguirme y salir del templo, pero sus padres miraban a las madres con recriminación, ellas, entonces, tomaban a los niños de los hombros para impedirles salir, los miraban preocupadas.

Mariana era la hija perfecta, el orgullo de padre, la tranquilidad de madre.

Iba a la escuela todas las mañanas, comía, hacía sus deberes, estudiaba, le gustaba leer. Entre los libros de matemáticas que sacaba de la biblioteca, a veces traía alguno con historias que la hacían sonreír y suspirar. Cuando llegaba a sonrojarse, cerraba el libro con fuerza, lo metía en su mochila, murmurando que debía volverlo a la biblioteca, aunque nunca lo hacía, terminaba cada uno de sus libros a escondidas, esperando que nadie supiera que era lo que leía.

Encontraba un extraño placer en las tareas del hogar, así que le ayudaba a mi mamá con los quehaceres antes de que padre llegara. Siempre tenía tiempo para mí, no importaba cuan ocupada estuviese. Le gustaba contarme alguno de los cuentos que mamá le contaba cuando era niña, también me decía todo lo que le ocurría en la escuela, casi siempre me hablaba de las mismas personas. Hasta que un día mencionó a alguien y de pronto todas sus historias giraban entorno a él. Un chico que al parecer quería ser médico, que comulgaba su credo, que la trataba bien...

–Es bueno. ¿Será igual siempre?

Yo no sabía que responderle y ella continuaba con sus cavilaciones en voz alta, sus pensamientos cada vez parecían ser menos estructurados, su voz parecía volverse más aguada y se le escapaban risitas tontas que intentaba sofocar con sus manos.

Recuerdo aquella tarde en la que hizo su tarea con premura, ese era uno de los días en los que padre no llegaría a casa y mamá, luego de suspirar pesadamente, le había dado permiso para que fuera por un helado. Esa noche Mariana regresó alegre, era una felicidad extraña, como si quisiera reír y llorar, como si fuera Mariana la chica tranquila y devota y hubiera en ella algo nuevo y expectante.

No me conto nada en especial, sólo me dijo que había cosas que tal vez yo no podría entender

—Hace mucho frío en ese pasillo—fue lo último que dijo antes de caer dormida, olvidando rezar por esa noche.

Los días pasaron y cada vez me encontraba menos a Mariana. Mariana era feliz, lo sabía, podía verlo. Era amada, brillante, tan bonita, tan perfecta. Mariana siempre había tenido unos preciosos ojos negros, llenos de una oscuridad acogedora, sin embargo, por aquellas fechas mirarla me hacía recordar el pasillo oscuro que llevaba a la cocina, vacío, húmedo, lleno de duda y miedo. Me dije que tal vez la que estaba asustada era yo, después de todo ya no pasaba tanto tiempo con Mariana y tal vez sólo comenzaba a sentirme sola.

Una mañana padre acababa de irse a trabajar. Clara y Mariana seguían en la cocina terminando de recoger la mesa del desayuno, Mariana había comenzado a tararear una canción y yo la seguía revoloteando a su alrededor, cuando Clara se acercó a Mariana y le dijo en voz baja.

— Ten cuidado, Mari. Si padre se entera va a enojarse.

Mariana era buena escuchando, por lo general era ella la que daba algún consejillo a Clara para que no se metiera en problemas, a veces la escuchaba sin decirle nada, sólo para prestarle algo de consuelo. En esa ocasión, sin embargo, la miró por unos segundos antes de decir sonreír de lado y responderle.

—Ah, entonces tu si puedes andar ahí con cualquiera, pero yo no.

Clara y yo la miramos.. No reconocíamos a Mariana la que estaba ahí sentada enfrente de nosotras, hablando con una burla impropia de ella. A Clara le tomó un par de segundos a responderle, con el mismo tono que usaba con Padre y Madre.

—Por supuesto, tú eres Mariana, la que tiene la vida tranquila, a la que nunca le han gustado los problemas. ¿Por qué arriesgarías tu perfecta vida? ¿Por alguien que te dice que te quiere?

Mariana la miró por unos segundos antes de mirar al piso.

—Sólo ten cuidado.

 Luego de eso Clara se levantó de su asiento y se fue con paso firme a su habitación, cruzando imperturbable, el pasillo que a mí me disgustaba atravesar.

Supongo que a Mariana parecieron hacerle sentido esas palabras porque después de eso, cada vez que rezaba en las noches le pedía a ese Ángel que padre no la descubriera, “Protégenos, Señor”. “No estamos haciendo nada malo... No estamos haciendo nada malo…”

Una de esas tardes se escuchó el ruido de la puerta cerrarse. Se escucharon gritos, era la voz de padre. atravesé el pasillo cuando llegué ahí estaba él con los ojos enrojecidos, tenía a Annie tomada de los cabellos y ella lloraba, estaba asustada, gritaba, gemía. Esa tarde yo era la única en la casa, no pude hacer mucho, padre era enorme, su corpulencia era aplastante, su voz retumbaba por cada una de las paredes, el frío del pasillo se extendió por toda la casa, mientras Mariana giraba por el piso intentando cubrirse conmigo a su lado

—Eres como tu hermana, como tu madre. —giró a verme a mi—¿En qué fallé, Dios mío? ¿Qué pecado cometí?

Cuando la perta se abrió la primera en reaccionar fue Clara que se interpuso entre padre y Mariana. La levanto y lo aventó llevándola a su cuarto.

—Enciérrate, le dijo. Las dos nos quedamos ahí. Clara regresó a la sala en donde se escucharon ruidos de nuevo.

Mariana se recostó en su cama y se acurrucó ahí

—Es mi culpa, es mi culpa—murmuró—. “ Señor mío, me pesa de todo corazón...”

Yo no pude hacer más que acariciarle los cabellos, preguntándome porque aquel ángel al que tanto le oraba, no la había escuchado.

Mariana ya no tomaba su vaso de leche por las mañanas y comía en su habitación lo que Clara y Madre lograban pasarle por la puerta. Dejó de ir a la escuela por unos días y sólo la dejaron salir cuando la llevaron a la iglesia, para meterla en un cubículo con un hombre, el sacerdote, del que sólo saldría llorando. Yo no tenía permitido entrar a ese lugar, así que me quede sentada, mientras veía a padre y madre de rodillas en el altar.

Un domingo, camino a misa, Mariana rezaba con la cabeza gacha, alzándola de pronto y mirando alrededor como como si algo la siguiera.

—Quédate a mi lado— me dijo antes de entrar a la iglesia.

Estábamos asustadas. Mariana lo estaba y yo también, desconocía el motivo, pero lo sentía como si estuviera guardado en sus ojos. No alzó la vista en toda la celebración, de vez en cuando echaba una mirada al altar y luego se volvía a agachar mientras los hombros le temblaban.

Apenas habíamos salido de la iglesia cuando su respiración comenzó a agitarse, la vi recargar las palmas de sus manos sobre sus rodillas, caer al piso y su cuerpo azotarse contra él una y otra vez. La gente hizo un círculo alrededor de ella, mientras sus ojos se perdían en el cielo y su cabeza comenzaba a girar de forma violenta de un lado a otro, si alguien no llegaba pronto, iba a romper su cuello, pero las personas sólo comenzaron a rezar, “En el nombre sea…,”Ampáranos… “Hacía mucho tiempo que no veía a mi mamá correr y fue ella la que se acercó pidiendo ayuda. Una ambulancia, grité y resonó la voz de alguien que hizo eco a mis palabras. Un hombre de su misma edad se acercó a ella y le pidió a mi mamá su gabán para ponérselo en la cabeza a mi hermana

—Tranquila, tranquila…Mari… Todo estará bien.

Ese día Mariana no regresó a casa y se quedó en el hospital. Yo no tenía permitido subirme a la ambulancia que estaba llena de muerte y vida, así que la vi alejarse, permaneciendo a lado del hombre que la había recogido. Había algo en la manera en la que la había llamado, con sus ojos cafés demasiado claros, parecía preocupado, entonces supe que era él. Comencé a seguirlo, intentando conocerlo, preguntándome si en realidad era tan bueno como Mariana lo había descrito. Caminó y se detuvo enfrente de la casa, tenía el ceño fruncido y de pronto parecía enojado.

Entonces escuché su risa. Mariana debía haber vuelto a casa. Entré tan rápido como pude para decirle tenía visitas, que él la estaba esperando. Volví a escuchar la risa y entonces me detuve en el pasillo. 

Era imposible que hubiese llegado antes que nosotros, pero la risa venía de su habitación.

Comencé a hacerme hacía atrás cuando escuché el chirrido de la puerta abrirse. Mariana era una chica, brillante y valiente y quizá por eso me gustaba estar con ella, pero ahí estaba yo, sola sin nadie. Ojalá mi mamá también me hubiera enseñado a orar, tal vez si hubiese podido llegar a él, a su Ángel tan querido…aunque yo no era Mariana, mis ruegos no habrían sido escuchados.

 

Mariana regresó a casa acompañada de muchos medicamentos. Yo no podía darle las pastillas, pero tampoco quería separarme de ella. Noté que terminaba agotada luego de alguna oración, ya no le daba tiempo de llegar al Ángel, pero siempre decía “Protégenos, Señor”. Me pedía que no la dejara, que me quedara a su lado, pero ya no podía hacerlo, en ocasiones no sabía cómo, pero terminaba afuera de su habitación sin poder entrar, en otras ella misma me sacaba. No regresó a la escuela, primero porque no querían que siguiera corrompiéndose, después porque su condición no se lo permitía.

—Ese es su castigo— había dicho padre un día.

En una ocasión Clara le dijo que un hombre la había ido a buscar a casa, pero que mamá le había pedido que no la buscara más. Esa noche Mariana tuvo un mal sueño, se retorcía en su cama, sudaba, no podía despertar y yo no podía traerla de vuelta, a la mañana siguiente, yo amanecí afuera su puerta, escuché su respiración tranquila y caminé al comedor, en dónde Mamá y Clara hablaban sobre algún tipo de tratamiento que padre había sugerido. Clara parecía molesta. Escuchamos la puerta abrirse y todas giramos la vista, esperando a que saliera del pasillo.

—¿Estás bien? —le preguntó mi mamá en susurro cuando la vio entrar a la cocina.

—¿Por qué? —dijo con una voz ronca, extraña en ella. 

Clara le hizo un gesto con su cabeza. Mariana parecía una de las muñecas de cuerda que mi mamá me había comprado hace mucho tiempo. Uno de sus pies parecía torcido y se arrastraba como si fuera un mero accesorio que le colgaba por la espalda. Mariana sólo sonrió cuando se dio cuenta y comenzó a caminar normal componiendo una extraña sonrisa. 

—Dormí mal— respondió y tomó asiento en la mesa.

Mariana miraba a Mamá y a Clara como esperando a que le dijeran algo. Clara sólo le sugirió que tomara un baño y le preguntó si después quería salir a pasear ahora que papá no estaba. Mariana se levantó de la mesa con la misma sonrisa ajena, yo caminé detrás de ella, si bien no lo notó y tuve que quedarme detrás de la puerta.

Los días que vinieron no fueron buenos. Mariana se convulsionaba entre sueños, azotándose con tanta fuerza que todos trataban de detenerla hasta que terminó por dormir atada, las cuerdas a veces podían evitar que ella misma se lastimase, aunque sus brazos estaban cada vez más lacerados. Casi siempre yo la miraba desde la puerta, Clara a su lado acariciaba su cabello y sostenía sus manos. Entre sueños, Mariana murmuraba

—Dile que se vaya. Vete por favor…

En una ocasión pude verla, por unos segundos ahí, en sus preciosos ojos negros. Luego, nada. Comenzó a reír a carcajadas, burlándose de sus propias palabras. Se azotaba tanto como podía, luego su cuerpo comenzó a retorcerse como si quisiera escapar de las cuerdas, de sí. Mariana gritaba, era tan raro verla gritar a ella de suave voz. Nunca había reído mucho en la casa, hasta ese momento, a padre le disgustaba el ruido.

Hubo unos días en los que padre no regresó a casa y Clara aprovechaba para soltarle los brazos. La limpió con un paño limpio e intentó darle de comer. De algún modo fue como si el ambiente se aligerara y Mariana estuviese bien. Clara satisfecha con su resultado la dejó dormida por unos segundos en el cuarto, yo me senté a su lado intentando acariciar sus cabellos, haciéndole sentir que estaba con ella.

-Sigues aquí- Luego comenzó a reír, mientras me señalaba con esos oscuros ojos, con sus negros ojos desorbitados- estarás sola, siempre igual que ella. ¡Igual que ella! ¡MALDITA TÚ! ¡MALDITA ELLA! ¡Todos ¡Todos!

Clara entró a la habitación, se acercó a su cama corriendo para detener a Mariana que arrancaba sus propios cabellos, murmuraba con una voz que, entonces noté, no era de ella. Mamá entró al escuchar los forcejos, pero Mariana parecía tener tanta fuerza que seguramente habría lastimado a Clara.

-¿Qué se siente?¡¿QUÉ SE SIENTE?!

Clara y Mamá giraron a ver al punto a dónde miraba Mariana, que escupía y se lanzaba como si quisiera lastimarme. En otro momento, me habría dado risa.

-Vete- susurró mi mamá forcejeando con ella, ella solo gritaba y reía.

¿En dónde estaba Mariana?

Si pudiera encontrarla, traerla de vuelta…

Si hubiese podido rezar con ella…

Si me hubiese ido…

En una ocasión la vi salir atada en una camilla, convulsionándose. Tiempo después, regresó. Envuelta en una camisa blanca, con los ojos vendados y sus labios resecos se movían como si quisiera hablar, aunque seguramente no habría podido. En esas condiciones, de no haber sabido que ella iba allí, hubiese jurado que la camilla estaba vacía.

Se escuchaban golpes, no sé cuándo alguien llevó a un animal que aullaba en las noches. Había ocasiones en la que Mariana era ella de nuevo, la escuchaba hablar y llorar, lloraba mucho y pedía perdón, rezaba y me llamaba, pero ya no podía entrar. En una ocasión lo hice y ella comenzó a arañarse la cara mientras reía y lloraba, yo no sabía qué hacer.

Entonces llegaron aquellas personas que le darían el tratamiento del que padre había hablado. Venían todos los días provocando en ella un desmejoramiento. Los hombres rezaban y hablaban con ella, se escuchaban risas y más voces viniendo de allí. La puerta de su habitación siempre estaba cerrada, se escuchaban golpes y cosas romperse, estrellarse en las paredes. La habitación comenzaba a oler a carne podrida, a mierda, a muerte.

—Piensen en todas las grandezas que le esperaran al alma de su hija.

Le dijo uno de los hombres a mi mamá que en ese momento lloraba en la sala, Clara resopló y se levantó de su asiento, caminando a la habitación de Mariana que en ese momento gritaba desesperada, como si algo la lastimara y le doliera.

Puede entrar una vez más a su habitación antes de que la cerraran por completo para mí. Sin embargo, no pude volver a verla, de algún modo ella ya no estaba ahí. La ultima vez que pude ver a Mariana fue sobre una camilla y entonces ya no era ella, no era más que piel pegada a los huesos.

Pasó mucho tiempo hasta que pude entrar otra vez, la casa por fin había quedado vacía. Caminé por el pasillo oscuro a su habitación, el lugar olía a viejo, como si nunca nadie lo hubiese habitado. La recamara de Mariana, se volvió un cuarto oscuro y fétido, había huellas de quemaduras y manchas en las paredes, en el piso se encontraba la imagen del Ángel al que nunca le aprendí a rezar. Quizá si lo hiciera, podría volverla a ver, debe estar en donde ella siempre quiso, pero no lo sé ¿Qué es lo que ella habría querido?

La puerta se abrió detrás de mí, con una sonrisa cansada y triste, mamá recogió la estampa y comenzó a rezar, tal vez ahora podría enseñarme a hacerlo.

 

Notas de la autora (yo):

Este texto fue escrito hace dos o tres años. En un inicio quería que fuera una serie de reels, pero si soy honesta… grabar y revisar audios… no es mi medio. Sin embargo, siempre que veía ese vídeo pensaba, que pena que no saliera completa la historia y pues aquí está.

Nadie lo esperaba, no… Sin embargo, creo que guardarlo de nuevo, tampoco era adecuado.

Un abrazo

Ange

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